Proceso de Restauración y Dorado del Trono del Santo Sepulcro

Después de la Semana Santa del año 2.000, el trono del Santo Sepulcro fue trasladado a los talleres de los maestros doradores Antonio Moreno Serrano y Manuel Rodríguez Cotán, situados en un típico corralón de la sevillana calle Castellar. Allí, bajo las expertas manos de estos magníficos profesionales y mejores personas, sufrió el proceso que vamos a relatar:

Una vez desmontado el trono, se le quitó el dorado antiguo, así como el estuco o yeso, dejándolo en la madera,  los   desperfectos,  así  como las grietas que tenía, se cubrieron con una pasta compuesta de cola y estuco (sulfato de cal).

Después se procedió a lo que ellos denominan «trapeao», que consiste en tapar las juntas y grietas con unas tiras de trapos húme­dos, que se dejan hasta su secado, de forma que esas juntas quedan unidas. Acto seguido se le aplicaron seis manos de estuco o yeso, materia compuesta por sulfato de cal y cola de conejo (en su proceso de fabricación se utilizan huesos de co­nejo). Este trabajo es muy laborioso, pues hay que esperar que el yeso seque antes de aplicarle la mano siguiente. Una vez que se aplicó el estuco a la madera, se procedió al retallado y rascado, que consiste en recuperar o tallar en el yeso todo lo que quedó bajo él, en la madera, pues con la aplicación del estuco toda la talla queda cubierta.

En definitiva, consiste en efectuar una nueva talla en el estuco, un trabajo difícil y laborioso, que estos maestros dominan como nadie. Seguidamente se continuó con el lijado, en el que utilizando distintos tipos de lija, se aplicó a toda las diferentes piezas que componen el trono, tanto lisas como talladas, hasta que la superficie del mismo quedó totalmente tersa y suave. El siguiente paso fue la aplicación del «bol» que es una arcilla amarilla, cuya composición esta formada por arcilla y cola rebajada con agua, la misma se efectúa con un «perrillo», que es una brocha de cerda larga.

La preparación de brillos y mates fue paso previo a la aplicación del pan de oro. Consiste en aplicar una templa (cola templada) sólo en los lugares que se quiere conseguir un efecto mate. Seguidamente se procedió a adherir las laminas de pan oro de 23 kilates, el que se hace con un compuesto de agua y alcohol; y además con la habilidad indescriptible que tienen nuestros maestros doradores, pues esa lámina tiene menos de una miera y con poco menos que mirarla, se volatiliza.

El bru­ñido final que se efectúa con piedra de ágata y consiste en frotar con distintos útiles de ágata las partes doradas, hasta conseguir el brillo reluciente que contraste con las zonas no bruñida o mates. A estas últimas se le aplica, para resaltar el mate, una templa compuesta de agua y cola. Este fue el proceso que sufrió el trono del Santo Sepulcro en los diez meses de estancia en Sevilla, proceso que ha servido para que el Joyero de Vélez bri­llara y resplandeciera más que nunca en la Semana Santa del año 2.001, y que siguiera siendo para siempre el orgullo de toda nuestra ciudad.